ADIÓS A TUCSON: PERDIENDO CONTACTO CON LA REALIDAD
Después de algunos meses me di cuenta de que podía entrar y salir de la escuela sin que nadie me notara. Todos los demás tenían horarios normales, se veían en los pasillos, en las oficinas, en la entrada del edificio, etcétera. Pero nadie me veía a mí porque mi día comienza cuando el de ellos acaba.
Igualmente, déjenme darles un tip: Vivir en Tucson y no tener carro es inconcebible. Las calles están construidas para autos, no para gente. "Carlos, pudiste haber comprado un carro, ¿no?" No empiecen con eso. Pagar seguro cada mes por un pedazo de chatarra y 200 dólares por servicio a los frenos no es mi estilo.
No tener carro y haber perdido el contacto con todo mundo excepto mis alumnos ha limitado mi vida social a las llamadas telefónicas de mi esposa y los tres días al mes que paso en Hermosillo, donde me limito a una salida con algunos de mis viejos amigos y algo de tiempo con mi familia.
Mis alumnos, por otro lado, son territorio extraño. Nunca salgo ni me inclino a hacer amistad con ellos, en primer lugar porque me parece una forma más sana de llevar mi vida profesional y en segundo lugar porque creo que es cada vez más difícil para la gente empatizar conmigo y para mí empatizar con la gente.
Ayer el empleado de la tienda donde compro mis cigarros me preguntó que si no se me olvidaba algo. "¿Alcohol, por ejemplo?" Cuando le dije que no bebo alcohol pausó un momento y preguntó si era algo religioso.
Porque, claro, uno tiene que ser mormón o musulmán para no beber alcohol. Es así como la gente se divierte, ¿no?
¿Entonces por qué no me divierto así y por qué no soy "la gente"?
No quisiera que se me viera como un teetotaller o mucho menos como straight edge. Más bien soy un wey que no entiende. Sí entiendo la pasión por la bebida, porque fumo y sí que me gusta fumar y busco pretextos para fumar más y gasto dinero que podía usar en algo útil en cigarrillos, etcétera. Eso sí entiendo. Lo que no entiendo es cómo veo que todo mi mundo gira alrededor de las cervezas. Y esto me parece triste y vulgar.
Algunos conocidos míos van a fiestas aquí y allá, cada fin de semana. De hecho suena muy cool, una reunión de amigos, todos contentos de verse, con música alegre y etcétera. Imaginen mi emoción cuando me invitaron a mi primera fiesta no-infantil: fue el cumpleaños de de las niñas populares de mi salón cuando yo estaba en segundo año de secundaria.
Claro, no podíamos beber alcohol, pero era dolorosamente evidente que todo lo que pasó en esa fiesta era una pantomima de las fiestas de adultos. La música era regional y adulta, todos estábamos sentados y tratando de competir con las bocinas para mantener una conversación.
Probablemente muchos de nosotros deseábamos ser unos cuantos años más jóvenes para poder ponernos a jugar en lugar de estar, dolorosamente, tratando de actuar nuestro rol como pre-adultos.
Pasó mucho tiempo antes de que fuera a otra fiesta. Esta fue cuando estudiaba la preparatoria. Ahora sí, la gente tomaba. De hecho tuve que lidiar con una amiga borracha. Hubo otras fiestas. Me aburría. ¿Por qué la gente baila al ritmo de música que no les gusta? ¿Por qué se emocionan tanto al oír la palabra "fiesta" cuando ya en el lugar los veo casi tan aburridos como yo, sentados en una esquina, no pudiendo platicar?
Yo sé por qué. Se llama alcoholismo.
Todos sabemos que la primera cosa que hace un alcohólico es negar que es alcohólico. Desde jóvenes se nos mete por el chulo de nuestra conciencia que las fiestas son divertidas y que en las fiestas hay cerveza. Poco a poco la fiesta se convierte en algo secundario. Lo que quiere "la gente" es beber con alguien, porque no hay nada más triste que un sujeto que se compra unas cervezas y se las toma solo enfrente de la televisión.
Otra cosa que me intriga es la ambición de emborracharse. "Vamos a ponernos hasta el culo" o "hasta la madre". Yo también soy adicto al tabaco, pero no me emociona la idea de intoxicarme. Nunca le voy a decir a un amigo fumador "¡Oye, wey, vamos a fumar hasta que nos sangre la nariz!"
Debo aclarar, esto no es una apología del cigarro, sé que es malo y peligroso, no soy pendejo, sólo que estoy adicto y el placer es el jefe. Considerando esto uno podría decir "¡si el placer es el jefe entonces por eso los alcohólicos nos ponemos hasta la madre y hacemos fiestas, wey!" Sí, es cierto, esto es lo que asumo. Pero no entiendo por qué no son francos consigo mismos.
¿Para qué rodear la compulsión por beber de complicadas faenas sociales? ¿Para qué llevarla al extremo? Imaginen un mundo donde la cerveza se tomara durante la comida, con la familia. Como el vino. No veo nada malo en eso. Yo también la tomaría. No es cierto, sabe horrible, sabe a cerilla mezclada con pasto. Pero creo que notan mi punto.
Si han leído mi larga diatriba se darán cuenta de que sueno como un anciano: me molesta la música alta y los pinchis jóvenes que se divierten en fiestas. ¿Qué demonios? ¿Tengo noventa putos años? No, pero es que no entiendo. De veras no los entiendo. A ninguno de ustedes.
No voy a ir a sus fiestas a menos que tengan un karaoke con canciones chingonas. O al menos de que los quiera mucho y esté dispuesto a hacer el sacrificio por cariño a ustedes. Si me han visto en su fiesta después de 1997 es porque en verdad eran especiales para mí. O porque tenían una máquina de karaoke.
En primavera de 2010, si todo sigue bien, estaré en París, donde la gente joven es también un enigma completamente indescifrable para mí. Se van a clubs a bailar y conocer gente cuando yo prefiero hablar con gente en lugares donde puedo platicar en paz sin música alta y la necesidad de estar bailando como orangután en plena electrocución.
Es 2009. Tengo 29 años y he perdido contacto con ustedes, con el mundo. Esto no me hace mejor que ustedes. Me hace diferente; de hecho, tal vez un poquito peor que ustedes. Pero me vale u soberano pito. Sólo quiero hacerme bolita en las sábanas con mi esposa y tal vez el gato, celoso, al pie de la cama.
Y todos ustedes pueden irse al demonio.
















































































